Mentalmente me veo bloggear que bloggeo y también puedo verme ver que bloggeo. Me recuerdo bloggeando ya y también viéndome que bloggeaba.

jueves, 13 de enero de 2011

Sisifeando en el trabajo

El 17 de diciembre del 2010 pasé oficialmente a formar parte del grupo de estudiantes universitarios desempleados, quebrados y dependientes del "domingo". Venció mi contrato de un año por determinadas horas, pero mi supervisor, un amargado hombrecillo que secretamente está enamorado de mí y cual niño de kinder le jala las trenzas a la niña que gusta, no contento con todos los comentarios malaleche que hacía, hizo el recuento de mis horas netas de trabajo. Resultado: Terminé debiéndole hasta las garnachas que se come a escondidas al lado de la computadora. Así que tuve que doblar turno en vacaciones para pagarlas o lo que es lo mismo: subir la piedra de lunes a viernes en un Hades bastante noventero para mi gusto.

El día de hoy, heme aquí de nuevo. La razón, parafraseando a Mauricio Garcés, me van a perder y debe ser horrible.

miércoles, 12 de enero de 2011

Calipsos

A propósito de la Navidad y del Día de Reyes fui obsequiada con La ignorancia de Milán Kundera (qué horrible hubiera sido esto sin las cursivas). Traducción del original francés de Beatriz de Moura, Tusquets Editores, Barcelona y México, 2000, 199 pp. Básicamente la novela trata de dos exiliados de Praga, Irena y Josef, quienes después de 20 años -como Ulises- regresan a su tierra natal. El regreso es igual de trágico para todos los personajes; mientras que Ulises llega como un pordiosero y muere a manos de su hijo, los protagonistas de La ignorancia no encuentran en Praga nada mas que desgracias.

Fun fact: Irena le regala a su esposo una playera con la leyenda "Kafka was born in Prague" y su esposo la usa cual turista, pues para él no tiene ningún sentido el mundo kafkiano o de Praga en su defecto. Es Irena la exiliada, la ignorada, la ajena a las pláticas de las amigas, la que se esconde -cual Gregorio Samsa- en el encuentro con Josef, el otro exiliado.

Debo admitir que al principio no abracé de buen modo la novela, acababa de leer a Hermann Hesse y un par de relatos de Stendhal, la prosa se me antojó de lo más prosaica, pero justo en la página 14 me encontré con la cita que me ganó: "No sabemos cuánto tiempo compartió Ulises su lecho con Penélope, pero seguramente no fue tanto. Aún así, se suele exaltar el dolor de Penélope y menospreciar el llanto de Calipso". A partir de esta frase boletoalmonte, empecé a debrayar, fui desde mi experiencia personal hasta algunas famosas Calipsos, como Juana la Loca o la desgraciada María Callas (¡más desgraciado el Onasis!), quién irónicamente (¿qué sería de la vida sin la comedia?) daría voz a otra Calipso, Lucía de Lammermoor en la ópera de Donizetti basada en una novela de Sir Walter Scott. Hay que agradecerle a Kundera que la puso al final del capítulo, o de otra forma hubiera sido más difícil regresar a la lectura. 

domingo, 9 de enero de 2011

La palabra escrita

Ya escrita la primera

palabra (nunca la pensada

sino la otra – esta

que no la dice, que la contradice,

que sin decirla está diciéndola)

[…]

Ya escrita la primera

palabra (sigue,

no hay más palabras que las de la cuenta)

Octavio Paz


Pre-texto

Estas últimas semanas no he podido escribir. De la forma tradicional, con esto me refiero a poner mis dedos en acción, a depositarlos sobre el teclado QWERTY aquí presente y dejarlos traducir mis informes ideas. Estas últimas semanas me he estado escribiendo egoístamente a mí misma, leyendo [este es el momento en el que sale Noé Jitrik de atrás de las bambalinas y señala que leer es escribirnos, pero pobre argentino le va a dar un infarto de tanto estarlo trayendo del tingo al tango para citarlo y justificar mi inconstancia escritural]. Pero me arriesgo a jugar a los dados con Mallarmé, pues me encuentro perdida en el borde mismo del abismo en el que como bien señaló el poeta maldito, toda realidad se disuelve.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Carta hipotética a un ex-contrabajo

29.01.10

Anoche empecé a estudiar el libro de Solfeo I de la maestra polaca de mi hermano. Debes saber que a duras penas puedo leer bien en clave de Sol, imagínate cómo me va en la clave de Fa (¡¿sabías que existe una tal clave de Do?!) Me sentía como mongolita: re, la, do, sol | mi, fa, re, ti | con el metrónomo a sesenta. Me la pasaba haciéndole preguntas a mi hermano ad fastidium, hasta que formalizó su inconformidad de la siguiente manera: “Voy a tener que ponerme a estudiar diario contigo” y manifestó una ofensa fraternal diciéndome: “No tienes inteligencia espacial”, la cual culminó con una firme ejecución de sape justo en mi frente.

Había aceptado mi derrota en la música cuando no quedé en la facultad, refugiándome en el indie, el metal y el Camel azul; pero se me presenta una nueva oportunidad de aprender clandestinamente. Esto no es más que un intento –podría bien llamársele necedad– de poseer otro lenguaje para poder expresar lo inefable con acordes, colores, melismas y vibratos. Sin embargo, dotada de la oralidad efímera, esta búsqueda está condenada al fracaso, pues después de haberles dado vida, de proliferar las palabras, estas reverberarán en el escenario tan sólo unos instantes para morir en el olvido. Tal vez tú, mejor que yo, lo sabes.

Disculpa, he debrayado una vez más. A la velocidad de sesenta realicé mis solfeos mejor de lo que creí. Mañana retomaré mis ejercicios subiéndole la velocidad esperando realizar a tempo mi cometido.

sábado, 9 de enero de 2010

Créditos disonantes

He perdido la memoria, y con ella todo lo demás. Lo único que a veces lamento es no haber perdido -del todo- el oído.

El mundo presenta: al camión destartalado, el baterista impertinente, el celular con tonos cumbiancheros que debía estar en vibrador, el tráfico, el perro, la televisión, las tres niñas con pandero, la taza que se rompe, el señor que vende periódicos, el regaño consuetudinario, el consejo no pedido y como artista invitado: el pensamiento en voz alta que nunca es tan comprensible para quien se encuentre cerca por acaso, pero sí audible para saber que existe. El mismo comercial de la radio y en diferentes estaciones, el ventilador viejo a su máxima potencia, el martilleo imaginario, el que mastica con la boca abierta, el bebé que llora, las señoras que platican y se ríen estruendosamente, todos están presentes. Y de repente se detiene el carrusel de invitados para dar paso a la risa amable del señor en bata blanca mientras receta unas pastillas que debo tomar por los próximos seis meses, después debo volver para examinar el progreso. Mi madre se apresura a guardar el papel en esa bolsa tan grande que siempre trae donde bien podrían caber dos platillos o un par de baquetas.
FIN